Los clérigos en política: la relación entre el clero y los caudillos en Santiago del Estero (1810-1843)
Abuchacra,
Enzo Joaquín[1]
joaquinabuchacra@gmail.com
Resumen
La
revolución de 1810 posibilitó que nuevos actores sociales, como los militares o
el clero, entre otros, comiencen a tener centralidad en el espacio político. En
Santiago del Estero este es el inicio de la ‘‘carrera política’’
Palabras
claves: caudillos
santiagueños, clero, carrera política.
[1] Tesinista de la Lic. En
Ciencias Políticas (UCSE) e integrante del grupo ‘‘Sociedad, cultura y poder en
Santiago del Estero’’ del INDES (FHSCyS – Conicet).
Introducción
Este trabajo surgió por el interés de
conocer la biografía de los representantes santiagueños en el primer gobierno
criollo en 1810 y en la Declaración de independencia en 1816. En el caso de
Santiago del Estero tiene la particularidad de que todos sus representantes
fueron clérigos. La indagación sobre la bibliografía existente, nos llevó a
problematizar más el contexto y la actuación de estos sujetos no como simples
actores religiosos, sino también como actores políticos y con un desempeño que
estuvo mediado por la figura de los caudillos santiagueños.
Por un lado, nos encontrábamos con el
clero y su apuesta por hacer ‘‘carrera política’’ y, por el otro, los
caudillos, con el deseo de hacer realidad sus proyectos políticos. El ámbito
político, fue el espacio en donde estos actores se encontraban y en donde
combinaban sus intereses. Es por ello que, para los proyectos políticos, los
líderes militares devenidos en caudillos, entablaron relación con un sector del
clero santiagueño, al considerarlos como actores territoriales importante para
‘‘la persuasión y propaganda comunal’’ (Di Stefano, 2004, p. 109) de las causas
que defendían, como la revolución, la autonomía provincial o el federalismo.
La revolución de 1810 abrió el camino para
el ascenso de actores sociales que habían sido excluidos durante la etapa
colonial del espacio político. Además de los militares y el clero, se hallaban
sectores de clases medias y altas, funcionarios modestos que comenzaron a
visibilizar sus posiciones a partir de la revolución[1].
Estos sectores durante la etapa colonial
se encontraban limitados en sus posibilidades de ascenso político, por lo que
apoyaron un cambio del orden político y se sumaron al bando revolucionario. Si
bien avanzaremos solo con los dos actores, los caudillos y el clero, estos
también tuvieron relación entre las distintos sectores y estratificaciones
sociales, siendo la religión y el ámbito político los espacios convivencia y de
privilegio en donde se reflejaron los conflictos y cooperaciones que marcaron
por un lado una incipiente producción de estatalidad y la construcción de
bandos políticos durante la primera mitad del siglo XIX.
El clero generalmente suele ser
diferenciado entre los regulares y seculares. Hablamos de una diferencia
marcada entre estos actores religiosos, ya que los regulares a diferencia de
los seculares, deben a la autoridad eclesiástica, el obispo, su subordinación
inmediata:
La
pertenencia a la diócesis y la obediencia directa al ordinario, lo que, amén de
las diferentes tradiciones en juego, implicaba diversas formas de articulación
con las autoridades civiles y eclesiásticas y con las feligresías (Di Stefano, 2007, p. 254)
En Santiago los regulares estaban
relacionado con las órdenes religiosas: Mercedaria, Jesuítica, Franciscana y
Dominica (Olaechea y Alcorta, 1909, p. 123). Estas órdenes regulares se
asentaron en la jurisdicción santiagueña casi desde su fundación en 1553. Pero
se fueron debilitando a medida que pasaron los años, para entrar en crisis en
la segunda mitad del siglo XVIII, cuyo mayor pico se expresó con la expulsión
de los jesuitas en 1767.
Lo interesante de los clérigos regulares,
es que durante el período gran parte de la primera mitad del siglo XIX, a pesar
de ser parte de órdenes religiosas, actuaron de forma individual y es así como
construyeron sus carreras políticas. Estos fueron principales aliados, en
algunos casos estratégicos, como también opositores de los caudillos en
distintas etapas.
En tanto el clero secular, eran quienes
gozaban de una mayor autonomía de acción. Para los clérigos seculares
santiagueños esta autonomía fue fruto de un proceso de transformación de las
diócesis del virreinato y de las estrategias familiares[2].
Santiago de Estero hasta las primeras
décadas del siglo XIX, dependió de diócesis diferentes, pasando de una a otra
en muy poco tiempo, lo que da cuenta de la transformación de la iglesia
católica en el Rio de la Plata. Primero perteneció a la diócesis de Tucumán,
que luego a comienzos del siglo XIX, en 1806 más específicamente, este antiguo
obispado se dividió para dar origen a las diócesis de Salta, que comprendía a
los distritos de Santiago del Estero, Catamarca, Salta, Jujuy y Tarija.
Mientras el obispado de Córdoba agrupaba a Córdoba, La Rioja y los distritos de
Cuyo (Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis). Una vez desencadenado el proceso
revolucionario, la estructura de la iglesia católica argentina incurrió en
cambios, y estas transformaciones fueron aprovechadas por los sacerdotes para
actuar con más libertad en sus jurisdicciones.
Por otra parte, otros actores como las
milicias, habían adquirido importancia luego de las invasiones inglesas
(1806-1807), por lo que en todo el territorio del virreinato comenzó un proceso
de militarización. En Santiago luego de la revolución, el día 28 de agosto de 1810
se formó el batallón de Patricios Santiagueños, comandado por el Teniente
General Juan Francisco Borges. Este se convirtió en el primer ejecito del
interior incorporado a la revolución (Lascano,
1992, p. 223). Este batallón, fue el semillero de hombres que lucharon
tanto por la revolución y la independencia, de igual forma por los intentos
autonomistas provinciales hasta su concreción en 1820, donde pasó a ser central
la figura del Gral. Juan Felipe Ibarra, quien también había formado parte de
los patricios santiagueños.
Antecedentes de la
investigación
Hay poca
bibliografía referida al tema, y las obras que lo trataron, solo algunas tienen
un considerable trabajo de fuentes. Mientras que la gran mayoría, constan de
demasiada adjetivación sobre la actuación del clero en el período que
investigamos, pero casi en su totalidad, se concentran en indagar la
participación de los clérigos desde 1820. Estas obras nos sirvieron para
adentrarnos en el tema y explayarnos un poco sobre los actores. No obstante, la
literatura identificada pudimos observar que se enfocó en la figura del
caudillo santiagueño Juan Felipe Ibarra, que, sobre la actuación o pensamiento
del clero santiagueño.
Estas obras fueron realizadas bajo la
óptica historiográfica liberal o clásica, estos autores dejaron ver al clero
santiagueño como ‘‘servidores de la tiranía’’ (Maidana, 1946, p. 42), haciendo
referencia a la actuación de determinados clérigos como aliados de Juan F.
Ibarra. Esta historiografía que se identifican con la obra del francés Paul
Groussac, en donde se puede reconocer ‘‘críticas severas a los caudillos y su
rechazo de las distintas expresiones del federalismo’’ (Bruno, 2005, p. 182), la cual estuvo presente como referencia
intelectual en autores santiagueños como Alfredo Gárgaro (1941; 1944), y en algunos
se encuentra tan explícita la influencia como en las obras de Andrés Figueroa
(1920) y la de Domingo Maidana (1946), quienes lo citan frecuentemente. Si bien
dentro de los historiadores santiagueños existen críticas a Groussac por tener
imprecisiones con respecto al proceso autonomista santiagueño, mantuvieron el
enfoque metodológico del galo para estudiar a los caudillos. Este enfoque se
instaló hasta mitad del siglo XX y marcó una línea de producción intelectual
con respecto al estudio de la primera mitad del siglo XIX.
El primer escrito sobre el clero
santiagueño del siglo XIX, es el de Baltasar Olaechea y Alcorta quién en su
obra Crónica y geografía de Santiago del
Estero (1907), le dedica un capítulo en donde hace un repaso por los
clérigos santiagueños más destacados, desde los primeros años, hasta la
finalización del siglo decimonónico. Como bien nos remarca Olaechea y Alcorta
es solo una síntesis histórica, a la cual le dedica solo siete páginas. Este no
adjetiviza a quienes se conoce que fueron aliados al gobierno de Ibarra, como
por ejemplo los presbíteros Pedro F. Uriarte, Pedro L. Díaz Gallo, Francisco
Ferrando, entre otros. Pero si se encarga de subrayar a los sacerdotes que
‘‘combatieron a la tiranía de Ibarra’’, como lo hicieron, según autor, los
curas Juan Antonio Neirot y Juan Manuel de Frías (p. 104-105). Se puede
entender la posición de Olaechea de no rotular al clero que apoyó a Ibarra, debido
a que escribe en un momento en donde el liberalismo y el socialismo estaban
relegando del espacio público al catolicismo, y decide tomar una postura
liberal católica en la cual defendió el papel de la religión en la historia
santiagueña.
Otra obra es Ibarra y el clero santiagueño de Domingo Maidana (1946), quien hace
una recorrido de los sacerdotes más importantes desde 1820 hasta la muerte del
caudillo en 1851. Toca brevemente las historias personales de algunos clérigos
como año de nacimiento, familias de la que provenían, nivel educativo, etc.
Para concentrarse en relaciones epistolares que mantuvieron con Ibarra, los
puestos que ocuparon en su gobierno, y como se dirigían a él. Pero en su obra,
el clero pierde la relevancia ante la centralidad que toma la figura de Ibarra.
Aunque sin dudas, este es otro trabajo más, que ayudó a la visión negativa en
la historiografía con respecto al caudillo.
Además, la visión sobre el caudillo Ibarra
tornado los años 1829-1830, en donde se da el ascenso político de Juan Manuel
de Rosas en Buenos Aires, para historiadores provinciales como Alén Lascano (1992),
sus acciones parecen estar subordinadas o son reflejo del caudillo bonaerense y
sus decisiones parecen ir de la mano con las que tomaba Rosas. Esto le quitaba
cierta precisión sobre la figura de Ibarra ya que esta posición es muy similar,
a la realizada por los historiadores sobre los caudillos durante la etapa en
donde el revisionismo debatió sobre una nueva mirada sobre los caudillos entre
1930-1960. Estos historiadores lo que hicieron fue colocar a Rosas por encima
de los caudillos federales, a quienes le otorgan un papel secundario
Aproximaciones a la religiosidad en la provincia durante el
período tardocolonial hasta la formación del Estado provincial: rompiendo las
barreras invisibles entre la política y la religión
Luego de la expulsión de los jesuitas
realizada en 1767 por el Rey Carlos de España, esta tuvo repercusión en el
virreinato del Río de la Plata hasta finales del siglo XVIII. En Santiago del
Estero existían tres órdenes además de la jesuita: los dominicos, los
franciscanos y los mercedarios. El Cabildo santiagueño ante este hecho comenzó
a entregar las propiedades de los jesuitas –templos, conventos, imágenes,
bibliotecas, esclavos, etc.-, y las funciones sociales –educación
principalmente- que cumplían en el territorio, a la Orden dominica[3]
(Gramajo de Martínez Moreno, 2003).
En una etapa en donde nos encontramos con
la caída del número de sacerdotes en las órdenes religiosas. Estos números que
venían en declive desde finales del siglo XVIII y se van a visibilizar en el
temprano siglo XIX, ya que los jóvenes comenzaban a elegir otras vocaciones
–derecho especialmente-. Quienes optaban ser seguir el sacerdocio preferían ser
parte del clero secular antes que ser un clérigo regular. Queda expuesta la
escases de sacerdotes en las órdenes religiosas, por ejemplo con la orden
franciscana, quienes a fines del siglo XVIII en toda la jurisdicción
santiagueña mantenían solo a 7 franciscanos[4].
Santiago del Estero tenía para 1778, 6 Curatos rurales y el Curato Rectoral. En
ese período se advierte la ausencia del clero regular en la ruralidad,
concentrándose todos ellos en la iglesia rectoral. Sumado a que en todo el
territorio santiagueño no había ninguna religiosa.
|
|
Obispado de Tucumán 1778 |
|||
|
Santiago del Estero |
Religiosas |
Regular |
Secular |
Total |
|
Curato
Rectoral |
- |
28 |
5 |
33 |
|
Curatos
Rurales |
- |
- |
7 |
7 |
Fuente: Larroy, P., Documentos del Archivo de
Indias para la Historia del Tucumán, T. II, BAE, 1927, p. 380-382. Los curatos
4, 5, 6 y 7 son datos de AAC, leg. 2 (T. 1) 1801. Citado en Caretta, G. y
Ayrolo, V. (2008)
Para 1806 Santiago del Estero cuando
todavía dependía de la Intendencia de Salta del Tucumán, pasó a tener 9 Curatos
Rurales (Caretta y Ayrolo, 2008) sumado el Curato Rectoral.
Aunque las órdenes religiosas existentes
en el territorio intentaban cumplir con distintas actividades religiosas y
sociales, su principal problema fue como dijimos, la caída del número de
sacerdotes. Al comienzo del siglo XIX, los dominicos en el Curato Rectoral, la
ciudad de Santiago del Estero, debieron interrumpir por las clases que
impartían por falta de frailes en el Convento, además de la falta de
mobiliario, hasta 1813 cuando se puso al frente de la escuela el Fray Juan
Grande[5]
(Achával, 1993, p. 224; Gramajo de Martínez
Moreno, 2003, p. 54). Aunque este no fue un problema particular de los
dominicos, sino de todas las órdenes en el territorio.
A pesar de ello, entre 1810 y 1820, los
clérigos regulares son los que se posicionaron como los nuevos funcionarios de
la revolución, respaldados por jefes de las milicias o familias patricias,
ocupando lugares en el espacio político de Santiago en distintos momentos.
Durante el proceso de las autonomías
provinciales de 1820, Santiago del Estero declara su autonomía, y es también el
inicio del ibarrismo, en un contexto que estuvo marcado por la división entre
los bandos políticos federales y unitarios. Algunos clérigos regulares en este
período, tuvieron conflictos con el caudillo, por el reconocimiento de su
autoridad. Algunos de los clérigos regulares desconocieron las órdenes del
caudillo, y solo reconocían a las autoridades eclesiásticas[6].
Este fue el caso de los mercedarios, quienes, en 1823 polemizaron con la máxima
autoridad santiagueña, por un problema iniciado por la situación deplorable en
que se encontraba la infraestructura de la Catedral de La Merced, la cual
Ibarra alegó ante el vicario Manuel de Frías el mal estado de la misma y
proponía su clausura. Esta decisión no fue bien recibida por los mercedarios
quienes respondieron que le ‘‘faltaba autoridad’’[7] para
tomar dicha medida (Palacio, 1943).
Ibarra ganó esta disputa, ya que bajo su
gobierno se llevó a cabo la reconstrucción de la Catedral, esquivando cualquier
decisión de la jerarquía eclesial, y la inauguró en la década siguiente. Del
mismo modo, ese mismo año la Orden de La Merced localizada en la capital va a
extinguirse por disposición de Ibarra. Esto se justificó, ya que al igual como
ocurrió con los dominicos, los mercedarios no tenían sacerdotes en la capital,
ni tampoco recursos para sustentarse (Achával, 1993, p. 72).
Por supuesto tampoco hay que dejar de ver
las otras razones de la mala relación que tenía el vicario Manuel de Frías con
Ibarra. Ya que Frías provenía de una familia que formaba la elite urbana e
ideológicamente enfrentado con el Gral., poseía riquezas, mantenía una buena
relación con la curia eclesial y tuvo participación política antes de la
gobernación de Ibarra. Siendo la más importante es la realizada en 1815, cuando
Síndico procurador formó parte del cabildo santiagueño que eligió diputados de
la jurisdicción, resultando escogidos, el Pbro. Francisco Uriarte y el Fray
Juan de Garay, pero este último fue reemplazado por problemas de salud por el
cura Pedro León Gallo Díaz[8].
Para complejizar más su trayectoria en política, en 1820 fue presidente de la
Asamblea que declaró la autonomía provincial (Olaechea y Alcorta, 1907, p.
105). El conflicto con Ibarra se debía a su pertenencia familiar, ya que los
Frías eran uno de los más tenaces defensores del unitarismo en la provincia y
fueron quienes junto a otras familias de la elite santiagueña enemigas del
federalismo, llegaron al poder en 1830 luego de deponer al caudillo (Lascano,
1992, p. 300).
A pesar que estas disputas pueden ser
entendidas en un contexto de las reformas eclesiásticas que realizaba
Bernardino Rivadavia, en la provincia estas no tuvieron efecto y en los
conflictos que se suscitaron, algo más subyace en ellos. Se puede divisar en la
intromisión de Ibarra en la vida religiosa, que se dio en un momento de
construcción de la esfera pública del Estado provincial. El caudillo solo pugnó
contra algunos clérigos regulares que tenían más dependencia a las jerarquías
eclesiásticas, se encontraban en el Curato Rector y eran miembros de familias
notables urbanas ligadas al unitarismo. Mientras los clérigos seculares y
regulares que se encontraban en la campaña conservaban mayor libertad ante la
curia eclesial, lo que les permitió a estos últimos dar paso a sus intereses
personales y ser de gran confianza para el gobernador.
Los clérigos y la
carrera política
Después de la segunda mitad del siglo
XVIII, ser clérigo en Santiago del Estero no era redituable económicamente como
profesión[9]
y a su vez se le sumaba que un sacerdote podía ser enviado a una parroquia que se
encontraba en la ruralidad de la jurisdicción. Comenzar en estas parroquias de
la campaña se pensaba como un castigo por muchos novicios sacerdotes, pero
otros entendían que iniciarse allí les servía como ‘‘trampolín para un mejor
puesto en la ciudad’’ (Barral, 2005 p. 3;
Ayrolo, 2007, p. 118).
Cuando los clérigos que no provenían de
familias patricias, y tampoco lograban ocupar los principales cargos dentro de
la iglesia en sus jurisdicciones u obispados, la carrera política era una forma
de lograr ese ascenso social y relacionarse desde otro lugar con las elites
locales. Muchos curas de los Curatos Rurales como también del Rectoral, tomaban
este camino al imposibilitarse el ascenso por vía eclesiástica.
La carrera política era una salida no solo
para el ascenso del clero hacia otro ámbito, sino que también luego de la
revolución – algunos autores hablan a partir de las invasiones inglesas[10]-
la iglesia percibía menos dinero, a causa de las guerras y lo que implicaba
dotar de recursos a las milicias. Luego de 1810, el clero intensificó su
participación política dentro de las instituciones de gobierno en el territorio
santiagueño, principalmente en el Cabildo. El período revolucionario, permitió
al clero participar en política, ya que ‘‘gracias a su formación, su inserción
y su rol social, verá en dicha coyuntura una oportunidad de hacer carrera
política’’
La participación de estos actores a partir
de los sucesos de mayo fue esencial, ya que luego pasan a integrar los
distintos cuerpos políticos, como asambleas, legislaturas, congresos y
gobiernos locales (Ayrolo, 2011). Su ausencia en decisiones importantes del
Cabildo, era causante de problemas, ya que al pertenecer a la parte más
ilustrada también eran uno de los actores con más prestigio social, solo su
ausencia era motivo suficiente para
quitarle legitimidad a distintos acontecimientos que buscaban ser
representativos.[12]
Durante el proceso que va desde 1810 hasta
la autonomía provincial en 1820, los clérigos santiagueños hicieron valer todos
sus capitales a disposición y se posicionaron como los funcionarios en este
período. Fueron importantes a la hora de la formación de los Estados
–provincial y nacional- y por su ilustración tuvieron la responsabilidad de
pensar y discutir los proyectos políticos.
Hay que indicar que los hombres del clero,
se posicionaron de diferente manera ante la revolución, no todos formaron parte
del mismo bando. Por eso es importante distinguir al clero que provenía de
familias de la elite, que constituían el alto clero local, y en otro lugar se
encontraba el bajo clero, que eran curas sin un linaje familiar importante. En
Santiago del Estero, el alto clero buscó a partir de su participación en el
cabildo ampliar el dominio familiar en los distintos ámbitos, buscando combinar
el poder religioso y el poder político. En tanto el bajo clero, generalmente
situado en la ruralidad, encontró en el espacio político formas de vincularse
con la elite santiagueña y alcanzar puestos de relevancia en ese ámbito, debido
a que dentro de la estructura eclesiástica les fue difícil escalar puestos, y
siguieron conservando su lugar en las parroquias en el interior.
El sacerdote proveniente de la elite, a
diferencia de sus otros pares, con esta profesión reforzaban los capitales
económico y social que su familia poseía, y le sumaba el capital cultural[13].Ejemplos
del alto clero santiagueño son, Pedro León Gallo Díaz, Francisco Uriarte,
Francisco Rizo Patrón, entre otros, que pertenecían a órdenes religiosas y
provenían de linajes asentados en la provincia, en la segunda mitad del siglo
XVIII. También otros clérigos tuvieron otro tipo de participación debido a que
provenían de viejos linajes, entre los que se encontraban los Pbros. José Lami
de Velazco, Manuel de Frías, Juan de Neirot, que, a diferencia de los otros,
provenían de familias que se extendía algunos siglos atrás en la colonia. A
pesar de que las familias de viejos linajes lograron seguir ocupando puestos
relevantes en la función pública, algunos de los clérigos de esos linajes,
también lograron ocupar puestos dentro de la iglesia y como funcionarios
políticos. A pesar de ser considerados luego del ocaso colonial, como poco
adicto al gobierno revolucionario de 1810, en el caso del Pbro. Lami, este
aparece en 1820 durante la fomación del Estado provincial, compartiendo bajo el
bando federal, con algunos actores que rivalizó durante la revolución.
En otro lugar se encontraban los
sacerdotes relacionados con el bajo clero, que debían adquirir el capital
social y cultural con su profesión. Estos se desenvolvieron en la ruralidad,
estas parroquias tenían bajos ingresos, que no eran suficientes para volcar e
influir en la red de poder santiagueño. Por distintos intereses, el alto y el
bajo clero, buscaban sumar el capital político en sus personas. Algunos
clérigos provenían de familias pobres, y habían sido acogidos por familias
patricias y fue así como lograron estudiar para el sacerdocio. Un ejemplo de
esto es el caso del Fray Ferrando quién fue cobijado desde joven por la familia
Borges, quienes costearon sus estudios para sacerdote[14] y
por esto respaldó con su lealtad hasta la muerte del Cnel. Francisco Borges en
1816, cuando el caudillo fue fusilado en su segundo intento autonomista. El
Fray apoyó a esta causa autonomista y defendió el federalismo (Lascano, 1992,
p. 201). Sumado a su capital cultural que había adquirido gracias a la
posibilidad de ser religioso, le dio acceso a ser parte en el período ibarrista
del gobierno –que comienza en 1820-, ocupando un lugar relevante en la Sala de
Representantes y siendo delegado del curato de Copo por mucho tiempo.
A
diferencia de otras jurisdicciones en Santiago del Estero, el clero estaba
sobrerrepresentado en las administraciones locales. Los sacerdotes eran
elegidos representantes a nivel local, y en las elecciones a representantes
santiagueños en 1810 y 1816 fueron electos todos religiosos, sumado a que en
los puestos capitulares, la elite comenzó a compartir esos lugares dando paso a
sectores como el clero. En 1820 con la puesta en funcionamiento de la Sala de
Representantes, muchos de sus puestos estuvieron reservados también para
sacerdotes. Para algunas autoras como Ayrolo (2016)
la respuesta a la sobrerreprentación del clero en las administraciones, se debe
a dos cuestiones: 1) se debe a que en estos lugares no hay una burocracia
amplia y que esta se encontraba reducida a pocas familias; 2) a la ubicación de
los centros educativos en el virreinato, así Santiago al ser una jurisdicción
que no posee lugares de formación universitaria o colegios, obligó a los
jóvenes a trasladarse a otros territorios, quedando el capital cultural exento
a pocas personas que podían acceder a ese privilegio de poder trasladarse a
otra provincia y recibir educación, uno de estas selectas personas eran los
sacerdotes.
La revolución de mayo
en Santiago del Estero: la influencia de Borges y las disputas sobre el nuevo
clero revolucionario
Los hechos del 25 de mayo de 1810,
suscitaron cambios políticos en todo el virreinato del Río de la Plata. El
Cabildo de Buenos Aires, había hecho llegar a los distintos territorios
pliegos, que daban cuenta de un nuevo gobierno formado por criollos.
Santiago del Estero, tardó en visibilizar
su posición a favor del reconocimiento del nuevo gobierno, ya que dependió de
la respuesta de la Intendencia de Salta, a la cual estaba supeditada. Más de un
mes después, el Cabildo santiagueño, en concordancia con lo que se había
decidido en Salta, reconoció a este nuevo gobierno central, y avanzó en cumplir
en un pedido que le había realizado el Cabildo porteño, que era elegir a un
diputado para que lo represente en el nuevo gobierno.
La elección del diputado, mostró
claramente a dos sectores con intereses contrapuestos, por un lado, el sector contrarrevolucionario que respondían a
una tradición colonial, que hegemonizaba las instituciones políticas por ser
descendientes de conquistadores o por su poder económico, pero que apoyaban la
revolución para continuar con esos privilegios. Por otro lado, se encontraba el
sector revolucionario, que buscaba un
cambio del orden colonial principalmente en el ámbito político. Los dos
sectores apoyaban a la revolución, pero no de la misma forma.
Dentro del clero santiagueño, también
detectamos estas dos posiciones. Si bien los dos sectores apoyaron a la
revolución, la diferencia radica en que uno representaba al viejo orden, estos
son los contrarrevolucionarios, en tanto los revolucionarios eran nuevos
actores y que buscaban alejar a las familias que se habían beneficiado bajo la
sombra de la corona. Estos sectores no coincidieron en las propuestas
revolucionarias y lo que implicaba el romper con el orden colonial. El clero
contrarrevolucionario, eran sacerdotes con un entramado familiar en distintos
cargos durante la colonia, esas familias se encontraban en un lugar
privilegiado, por lo cual las únicas intenciones eran primero conservar sus
puestos de privilegio y segundo ampliarlos. Estos clérigos que estuvieron
relacionados a los grupos contrarrevolucionarios, y al ser parte del alto clero
local, tarde o temprano llegaron a ocupar puestos importantes en el obispado[15].
Tambien ante la revolución, el clero santiagueño de alta alcurnia, encontró una
posibilidad para acceder al poder político apoyado por sus vínculos familiares
a puestos de relevancia y comenzar a hacer carrera política.
Por otro lado, encontramos al clero del
sector revolucionario que al igual que muchos sectores sociales como las
milicias, clases medias y altas, funcionarios modestos, entre otros, que se
encontraban limitados en sus posibilidades de ascenso durante la colonia y
apoyaban un cambio del orden político. Este clero, que se encontraba
principalmente el ámbito rural, veía más fácil la carrera política como medio
de ascenso y relacionamiento con las elites provinciales, que esperar algo que
muy pocas veces ocurría, que se le otorgue un puesto importante dentro de la
estructura eclesiástica. Estos tenían muchas razones para creer en la causa
revolucionaria y en ser partes fundamentales en el nuevo Estado.
La primera disputa entre los dos sectores
que representaban intereses contrapuestos se vio en la votación para la
elección para Diputado que conformara parte de la Junta de Gobierno en Buenos
Aires. A esta votación de diputados, fueron convocados 31 electores del
distrito santiagueño, de los cuales eligieron a distintos candidatos. El Pbro.
Lami de Velazco fue elegido con 20 votos, contra los segundos que fueron, el
Pbro. Uriarte, el Cnel. Borges y Don Alonso Araujo con 2 votos cada uno, y en
tanto el fray Felipe Ferrando obtuvo 1 voto.[16] De
la votación se puede analizar que de los 5 de los hombres elegidos, 3 eran
clérigos y representaban aproximadamente el 70% de los votos. La fuerte presencia
del clero en el Cabildo santiagueño durante la votación para representante,
daba cuenta que para lograr la adhesión revolucionaria en el territorio se
necesitaba de estos actores (Di Stefano, 2004, p. 109).
Estas elecciones fueron decretadas nulas
por el reclamo del Cnel. Francisco Borges, líder del sector revolucionario,
quién protestó ante las autoridades de Tucumán, que en la votación celebrada
habían estado ausentes muchos miembros respetables de la sociedad, entre ellos
gran parte del clero santiagueño[17],
algo que podría haber arrojado otro resultado:
A
el cabildo abierto que se nombró el Diputado de Santiago del Estero, no
concurrió ningún individuo del Clero, ni muchos vecinos que se hallaban en sus
haciendas de campos, y pudieron ser citados. Asi lo afirman personas fidedignas
con quienes he ablado sobre el particular, y a mi transito por dicha Ciudad hoí
decir que el Diputado nombrado no es de los más adictos al presente gobierno.[18]
(Gárgaro, 1941, p. 10)
Una nueva elección a representantes por
nulidad de la anterior, se llevó a cabo un año después, y fue el Alcalde
Ordinario de primer voto de Tucumán, don José M. Terán, quien la ‘‘rodeó de
todas las garantías posibles’’ (Gárgaro, 1941, p. 14). Fueron convocados 91
electores casi el triple que la elección pasada, donde el Pbro. Dr. Uriarte se
consagró frente a Lami por 47 votos contra 30 respectivamente, consagrándose
como el representante santiagueño (p. 14).
La elección de Uriarte por Lami, marcó una
ruptura con la ‘‘lógica político-organizativa’’ (Arroyo, 2011) colonial que se
había perpetuado a partir del entramado familiar/linaje dentro de las
instituciones políticas. La ruptura del orden político causado en mayo de 1810,
fue una invitación a dejar atrás esas formas coloniales de conservación del
poder entre familias. Varios actores tomaron partido de estas ideas
revolucionarias, rupturistas, principalmente los que formaban parte de las
milicias, el clero, sectores medios y subalternos. Uriarte es un actor
religioso de la ruralidad santiagueña, es la representación de que a pesar de pertenecer
a una orden religiosa –caracterizado por relaciones corporativistas entre los
clérigos que lo componían-, esto no restringía las ambiciones individuales de
los clérigos, y que esta libertad de
los regulares, era resultado de la crisis de las órdenes religiosas.
El respaldo de las milicias hacia Uriarte,
fue fundamental para su victoria y evitar así el nombramiento de Lami, que
representaba al bando contrarrevolucionario. Iniciaba así su camino en la
política un actor de la ruralidad, como Di Lullo (1960) señala, resaltando su posición de párroco de la campaña como
‘‘aquel cura de una parroquia olvidada es ahora por fuerza de los nuevos
sucesos un miembro del nuevo estado nacional’’ (p. 94).
Tampoco hay que dejar de analizar que
ninguno de los candidatos para representantes era salido del pueblo llano. Como
del mismo modo, se puede apreciar que el nuevo poder revolucionario en Santiago
del Estero logró imponer sus deseos ante las viejas autoridades coloniales,
pero no les fue fácil, ya que tuvieron que esperar recién hasta 1811 y
conseguirlo con la ayuda del nuevo gobierno para imponerse. Las nuevas
autoridades para representar a los revolucionarios santiagueños fueron los
clérigos, no solo pensados como los nuevos funcionarios del nuevo estado, sino
que eran seleccionados por el poder revolucionario para poder controlarlos
(Donghi, 2002, p. 198).
De funcionarios de la
revolución a unitarios y federales
La guerra, la revolución y la crisis de la
monarquía hispánica a comienzos del siglo XIX, transformaron al clero
rioplatense. Desde 1810, se puso más énfasis en ‘‘hacer del clero un segmento
propio del Estado, esto es, convertirlos en funcionarios’’ (Ayrolo, 2007, p.
193; 2012, p. 30). Este pensamiento del nuevo Estado en donde los sacerdotes
pasaron a ser pesados como funcionarios (Di
Stefano, 2004, p. 88), es el momento en donde los clérigos se ubicaron
en una posición de privilegio ante otros actores, y que lo detentaron hasta
finales del siglo XIX en la provincia.
Como venimos diciendo, es con la
revolución que los clérigos se ven obligados a tomar posición -sumado a su
linaje familiar o capitales que poseían o construyeron-, siendo el
acontecimiento que dio inicio a las carreras políticas de muchos clérigos y
marcó su participación en la vida política vernácula.
Luego de 1820 lo importante va a ser el
color político, es cuando se presenta la división entre federales y unitarios.
También es el período de las autonomías provinciales, y justamente es el año
que Santiago del Estero consigue separarse de la dependencia tucumana y se
pronuncia por el federalismo. La postura a favor de un sistema federal que tomó
la provincia, fue lo que alejó y gestó la oposición política de Ibarra, que
estuvo conformada por familias patricias urbanas.
En 1820 nos encontramos con dos momentos:
el momento autonómico, y por otro, el momento del inicio del unanimismo
ibarrista y del posicionamiento del sistema federal. En el primer momento es
unificador, debido a que en el mes de enero los electores de familias notables
urbanas como Pedro Pablo Gorostiaga, Manuel Alcorta y Francisco Javier Frías habían
sido dejados de lado en la elección nuevos regidores capitulares santiagueños
durante la formación de la Republica de Tucumán ordenada por Bernabé Araoz. El
caudillo tucumano con la ayuda militar había logrado imponer a representantes
partidarios de Tucumán. Los electores que no habían participado en la elección,
solicitaron al Comandante de Abipones, Juan F. Ibarra, auxilio ante la
presencia militar del Escuadrón de Dragones al mando de Juan Francisco de
Echauri en la ciudad de Santiago del Estero. Ibarra logró adueñarse de la
ciudad el 31 de marzo, con un Echauri que se dio a la fuga hacia Tucumán (Lascano, 1970, p. 15-16), ese mismo día es
elegido por unanimidad como gobernador provisorio de Santiago del Estero. Con
la expulsión del regimiento tucumano a manos de Ibarra, se avanzó en
construcción de un orden político provincial autónomo de Tucumán, que se
concretó el 27 de abril con la declaración de autonomía provincial. En el acta
de autonomía aparecen como firmantes del acta las familias y los electores que
habían sido separados de los procesos electivos, por su oposición a la
subordinación tucumana. En un principio,
todo este momento autonómico, pareció existir una unidad entre Ibarra y algunas
de las familias notables santiagueñas frente al enemigo tucumano.
En el segundo momento nos encontramos con
la elección definitiva el 1 de mayo de 1820, donde Ibarra es consagrado como
gobernador. Este fue el comienzo de su perpetuación en el poder. En tanto, los
sectores de notables que habían pedido su ayuda contra el gobierno tucumano, y
lo había elegido como primer gobernador, comenzaron a ser relegados de
participar en instituciones y en funciones gubernamentales de la provincia, por
lo cual decidieron alejarse de Ibarra y abrazaron la postura unitaria. Es muy
claro en estos períodos quienes son los unitarios en Santiago. El Partido
Unitario estaba representado por familias de la elite urbana como los Alcorta,
Gorostiaga, Frías, Taboada, Neirot, entre otros.
Los linajes santiagueños relacionados con
el unitarismo, tenían familiares religiosos, estos también van a ser los
opositores al gobernador Ibarra, conflictuando con este en distintos momentos.
Miembros de las familias unitarias como el cura y vicario Manuel de Frías quien
desconoció la autoridad de Ibarra en 1823, o el cura Juan Antonio Neirot, quien
mantuvo conflictos con el caudillo, que iniciaron cuando fue elegido
representante de la provincia para el Congreso Nacional de 1826 y en donde
apoyó al bando unitario lo que hizo que diera explicaciones a Ibarra, por el
voto adverso a la postura provincial en favor del federalismo (Lascano, 1992,
p. 288). Estos dos clérigos de ‘‘alto coturno’’ (Olaechea y Alcorta, 1907, p.
105) sufrieron el destierro por parte de Ibarra, muriendo fuera de la provincia
en 1836 en un pueblito de Catamarca en el caso de Neirot, en tanto Frías fue
fusilado en Santos Lugares por orden de Rosas en 1839 respectivamente. (p. 106)
Igualmente, Ibarra entablaba relaciones
con hombres que podían hacer contrapeso a sus opositores como lo fueron los
religiosos Neirot y Frías. De esta forma afianzó su relación con Pedro León
Gallo Díaz, que era miembro de una familia de la elite urbana y hombre sobresaliente
del clero santiagueño. Este fue importante aliado del federalismo en la
provincia para Ibarra.
¿El clero de Ibarra?
La
historiografía santiagueña denominó así a cierto sector clero que se relacionó
de manera no conflictiva u ocuparon cargos bajo el gobierno de Ibarra. Lo
señalaron de ese modo para explicar una actitud de subordinación por parte de
algunos clérigos ante la figura del caudillo (Olaechea y Alcorta, 1907;
Figueroa, 1920; Maidana, 1946). Pero es conveniente analizar a algunos de los
religiosos y después establecer sus vínculos con el poder político, en este
caso con Ibarra.
En el caso del caudillo es preciso decir
que era un hombre de una familia de la elite santiagueña, que había recibido
una educación católica[19],
provenía de una familia donde había muchos sacerdotes[20] (Newton, 1973, p. 12). En un contexto en donde
los liderazgos unanimistas (Ternavasio, 2009)
son frecuentes, los enemigos o peligros a la autoridad del caudillo son identificados
como traidores al régimen y se buscan eliminarlos. Es el problema que tuvo el
caudillo con las órdenes religiosas como los mercedarios, que señalaron que al gobernador
le ‘‘faltaba autoridad’’ para el ámbito religioso y sostenían a la autoridad
religiosa por encima de él. Esta orden fue una amenaza al poder de Ibarra,
quien a pesar de esto, confió a los sacerdotes para distintas funciones
políticas, y sobre todos en quienes pertenecían a órdenes religiosas, es decir
eran parte del clero regular.
Aquí analizamos la posición del autor
Maidana (1946) con respecto a sus dos postulados sobre la relación de Ibarra y
el clero: el primero, el recorte de las trayectorias de los sacerdotes; y el
segundo, la mala relación de Ibarra con los hombres de la jerarquía eclesial.
Maidana, reconoce entre los sacerdotes que
estuvieron al ‘‘servicio del tirano’’ (p. 12) en el territorio santiagueño a:
el Pbro. Pedro Francisco de Uriarte (Loreto), Pbro. Manuel de la Torre
(Sumampa), Fray Wenceslao Achával (Sumampa), Pbro. Pedro León Gallo (Capital),
Fray José Maldonado (Salavina), Fray Pantaleón Alegre (Soconcho), Pbro. Felipe
Ferrando (Copo), Fray Bernabé Iturre (Silípica), Fray Francisco Rizo Patrón
(Copo), Felipe Hernández (Soconcho), entre otros sacerdotes que señala el
autor.
La alianza de Ibarra con sacerdotes que
provenían de familias patricias urbanas y rurales de Santiago, fue fundamental
para sostener su proyecto político en el territorio provincial. En su mayoría
pertenecían a órdenes religiosas y que mantenían una buena relación con la
jerarquía eclesiástica. Algunos de estos eran los Presbíteros Uriarte, Gallo,
Achával, Rizo Patrón y sacerdotes que no toma en cuenta Maidana, que también
fueron parte del gobierno de Ibarra como el Pbro. Juan José Lami de Velazco, de
apellido patricio que databan del siglo XVII. Algunos como Lami, habían tenido
cargos importantes en la curia eclesial, y que había retornado a la provincia
para asentarse y ocupar puestos relevantes en la política santiagueña. Así
pues, hombres del clero que habían estado en dos bandos diferentes –Uriarte y
Lami- durante la revolución de 1810 en Santiago, a partir de 1820, se unían
bajo la bandera del Partido Federal.
Luego de la Declaración de la Autonomía
provincial, Ibarra logró lo que algunos caudillos no lograron, que es la
unificación política de la provincia en su persona (Donghi, 2002, p. 373). Los
religiosos también formaron parte de la unificación en la figura del caudillo.
Gran parte del clero santiagueño luego de la autonomía, se subordinó al control
político de Ibarra - algo que también ya habían realizado antes, bajo otros
líderes-.
El puesto elegido para el clero para
participar en política fue en la Sala de Representantes, donde actuaban como
representantes de los curatos, como también eran elegidos para los intentos de
congresos nacionales, y como representantes del gobierno con otras provincias,
que generalmente era en la firma de tratados provinciales[21].
En tanto existieron otros religiosos como
Fray Ferrando o el Fray Francisco Rizo Patrón que ponen en duda cierto
posicionamiento de la historiografía santiagueña que lo consideraba como unos
sacerdotes más del clero de Ibarra.
Si bien es cierto, que sus ascensos y sus funciones públicas coinciden con la
gobernación de Ibarra, pero existieron en ellos distintos tipos de
posicionamiento y de relación con el caudillo, que dan cuenta de los intereses
personales que seguían los clérigos.
El Fray Ferrando provenía de una familia
pobre, y fue acogido desde joven por una familia de la elite santiagueña, los
Borges. Esta familia le permitió acceder a la formación como sacerdote en
Córdoba (Maidana, 1946, p. 14). El capital cultural que adquirió gracias a la
posibilidad de ser religioso, le dio acceso a ser parte del gobierno en el
período ibarrista. Llegó a ocupar lugares relevantes en la Sala de
Representantes siendo representante del curato de Copo.
Si bien Ferrando tuvo su ascenso político y su función de
representante por más de 20 años que coincide en gran parte con la gobernación
del caudillo, pero hay un hiato a finales de 1820 y a principios del 1830, que
es la etapa donde Ibarra es separado del poder por los unitarios quienes
gobernaron la provincia en ese lapsus[22].
Los unitarios que eran familias de la capital que al igual que el pensamiento
federal, poseían un pensamiento liberal enfocado más en un orden institucional,
es así que llamaron a una renovación legislativa a través de elecciones y quién
presidio ese nuevo cuerpo fue el Pbro. Felipe Ferrando (Lascano, 1992, p. 300).
La presencia de Ferrando en este nuevo gobierno hace advertir como a nivel local
los clérigos lograban imponerse como representante a pesar del contexto de
conflicto entre unitarios y federales, y que eran vistos como funcionarios que
podían estar bajo control o vigilancia de cualquier elite política.
La relación entre Rizo Patrón e Ibarra es
igual de compleja, porque estamos ante un sacerdote que no solo va a servir
como miliciano, sino también dejó ver sus ambiciones personales en el vínculo
que estableció con el caudillo. Este se desempeñaba como Fray del Curato Copo y
en su persona combinaba el liderazgo religioso, político y militar de la zona,
que hacía que su prestigio social por religioso, y el respeto por la protección
servida a la población, fuera fundamental para posicionarse como un hombre de
poder en la ruralidad, que Ibarra necesitó para lograr estabilidad en su
gobierno. Rizo Patrón es también un religioso que logró en la ruralidad
provincial –al igual que Uriarte en Loreto- una solidez pastoral, ya que
permaneció por 25 años como párroco de Copo.
La figura de este Fray montonero, ha sido
también indagado por los historiadores Rizolo y Yocca (2006), que explican un caso que lo tuvo como protagonista y ayuda
a resaltar el carácter de la ambición personal por parte del clero. El Fray
logró en 1843 que se le concedan unos territorios en el Departamento Copo
debido a ‘‘la prestación de servicios religiosos que llegó a constituirse en
una avanzada federal montonera casi en los límites con Salta’’. Esto demuestra
los intereses particulares de los clérigos y, que la relación entre el clero y
el poder político, en este caso con Ibarra, era recíproca. El caudillo no solo
imponía, sino también cedía contra el clero cuando pedían ciertos beneficios.
Estas relaciones entre el poder político y
el clero es muy importante recalcarlo, ya que si bien Maidana (1946) recopila
fuentes epistolares del clero santiagueño afín a Ibarra, no se explayan allí
ideas políticas o conflictos ideológicos – pero no porque el clero no las
diera, sino que Ibarra no daba lugar a ellos- sino que son cartas de carácter
administrativos sobre la Sala de Representantes o de las jurisdicciones que
vivían, es decir, eran propias de la relación entre actores políticos con la
máxima figura política provincial.
Es importarte señalar como una parte del
clero se convirtió en el brazo burocrático de los distintos gobiernos a partir
de 1810. Logrando estabilidad como funcionarios en un contexto en el que
todavía era difuso y no se podía separar lo que era región, de lo que era la
política. Pero que cambió durante el período Ibarrista, ya que consideró a la
religión como parte del Estado y ‘‘se esperaba de ella que sea funcional a la
consolidación y la estabilidad del nuevo gobierno’’ (Folquer & Amenta, 2017)
A modo de cierre
Pudimos analizar la actuación de los
clérigos santiagueños en la arena política a través de particularidades en su
relación con los caudillos santiagueños en la primera mitad del siglo XIX. La
carrera política como solución a la imposibilidad de ascenso eclesiástico o
como estrategia familiar, permite a ver a los actores religiosos también como
verdaderos actores políticos y con ambiciones personales.
El clero regular santiagueño fue uno de
los sectores de la sociedad que más se benefició con el fin del orden político
colonial, ya que comenzó a ocupar lugares de relevancia en las instituciones
gubernamentales.
El caudillismo logra muchas veces logra
ocultar la participación o actuación de otros actores más aún en la arena
política. Por eso rescatar a actores sociales como los religiosos nos permiten
analizar ese lado oculto. Los clérigos desarrollaron distintas funciones
políticas, capitalizaron apoyos al lado de los caudillos, y supieron relacionarse
con las elites políticas santiagueñas en distintos momentos. Resaltaron con sus
desempeños en las instituciones gubernamentales, y con su presencia en momentos
históricos provinciales y nacionales, y pasar a ser, no solo líderes
espirituales sino también líderes políticos en el territorio santiagueño.
Fuentes
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[1] Algunas autoras hablan
que las primeras expresiones de posiciones de los distintos sectores fueron a
causa de las invasiones inglesas
[2] Alguno de los
beneficios que tenía el clero secular, es que ‘‘permitía a sus miembros
libertad suficiente como para continuar administrando la propiedad familiar y
generar negocios que podían incorporarse totalmente al linaje’’. (Presta, 2000)
[3] En Santiago el
‘‘traspaso’’ de las propiedades jesuitas a la orden dominica se realizó en
1794.
[4] En Edberto, Acevedo (1965):
La Intendencia de Salta del Tucumán en el Virreinato del Río de la Plata.
Universidad Nacional de Cuyo, Instituto de Historia.
[5] Este Fray tuvo un papel
destacado en la educación santiagueña bajo la gobernación de Ibarra, ya que
este último puso en funcionamiento la primera escuela pública oficial en el
Convento de Santo Domingo que estuvo presidida por el Fray. (Lascano, 1992, p.
253-289)
[6] En Santiago una
autoridad delegada por el obispo era la figura del provisor, a quien los
mercedarios solo decían responder.
[7] En esto tenían razón
los mercedarios en esta respuesta, ya que el Provisor o el Obispo podían tomar la
medida de cierre de la Catedral. Pero lo particular es el avance de Ibarra en
el espacio que comprendía exclusivamente a lo religioso.
[8] Según Ledesma (1966) el
lugar de reemplazo de Garay le fue ofrecido anteriormente a Frías, el cual
rechazó dicho cargo.
[9] Según Caretta (1999)
mientras
que en Jujuy un clérigo recibe tres mil pesos de ingreso anual, Santiago del
Estero era el distrito en donde el clero percibía los ingresos más bajo, llegando
a recibir raramente mil pesos de ingreso anual.
[10] Halperín Donghi, T. (2002):
Revolución y Guerra. Formación de una elite dirigente en la argentina criolla,
Buenos Aires, Siglo XXI.
[11] Su ausencia o la
disputa entre dos clérigos en la primera elección a representantes santiagueños
en 1810 para la Junta de Gobierno, fue un ejemplo de esto.
[12] La ausencia de una
parte importante del clero santiagueño en las elecciones a representantes para
el Cabildo de Buenos Aires en 1810, fue motivo para que figuras como el Cnel.
Borges objetaran la impugnación de dicha elección. (Actas
Capitulares de Santiago del Estero, Tomo VI, 1951)
[13] Aunque tenía la
posibilidad de adquirirlo por poder pagar por recibir educación, por ello que
hablamos que, dentro de las familias de la elite, el varón soltero que se
convertía en sacerdote, era una pieza de los intereses familiares dentro del
campo de poder provincial
[14] La familia Borges lo
apoyó a seguir sus estudios en el Colegio Monserrat de Córdoba en 1807 y llegar
a ser sacerdote (Maidana, 1946, p. 14)
[15] Es el caso del Pbro.
Juan José Lami de Velazco, quien comenzó como sacerdote en Loreto. En 1811, lo
vemos como vicario provisor del obispado de Salta hasta 1813, donde regresa a
Santiago al Partido de Silípica donde permaneció hasta su muerte en 1834
(Achával, 1993, p. 40-41). Es uno de los pocos casos de este período en donde
un párroco santiagueño, logra ocupar gracias a la carrera eclesiástica un
puesto importante en el obispado.
[16]
Actas Capitulares, T. VI, p. 230-232.
[17] Los únicos clérigos que
habían sido convocados son los superiores de los conventos de La Merced, Santo
Domingo y San Francisco, ausentándose por un accidente el Párroco y Vicario de
la iglesia Matriz. (Achával, 1988, p. 228)
[18] Se conserva el escrito
de la época en español medio.
[19] Aunque fue al Colegio
Monserrat que tenía como base la enseñanza teológica, Ibarra no culminó con sus
estudios, ya que su familia no pudo costear los gastos de su educación.
[20] No solamente sacerdotes
por parte de los Ibarra, sino también de sus familiares los Paz y Figueroa.
[21] Pedro León Gallo Díaz y
José Lami ocuparon la función de diplomáticos para solucionar conflictos con
otras provincias durante la gobernación de Ibarra.
[22] Los unitarios
comenzaron a invadir territorios durante ese período, logrando al igual que
Santiago invadir Córdoba, La Rioja y Tucumán.

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