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Los clérigos en política: la relación entre el clero y los caudillos en Santiago del Estero (1810-1843)




Abuchacra, Enzo Joaquín[1]

joaquinabuchacra@gmail.com

Resumen

     La revolución de 1810 posibilitó que nuevos actores sociales, como los militares o el clero, entre otros, comiencen a tener centralidad en el espacio político. En Santiago del Estero este es el inicio de la ‘‘carrera política’’ (Ayrolo, 2007) de sectores entre los que se encontraba el clero local, que atravesaron distintos sucesos y caudillos. Además de las figuras como el Cnel. Borges, una de las más importantes durante el proceso revolucionario y precursor de la autonomía provincial hasta su muerte en 1816. Continuando con la formación del Estado provincial en 1820, en donde Juan F. Ibarra se constituyó como central en la vida política de la provincia hasta su fallecimiento en 1851. Este es un trabajo exploratorio, en el que utilizamos material bibliográfico sobre el tema (Olaechea y Alcorta, 1909; Figueroa, 1920; Maidana, 1946), para avanzar a una nueva interpretación sobre el caudillismo en la provincia y la historia de la religión en la primera mitad del siglo XIX en la provincia.

Palabras claves: caudillos santiagueños, clero, carrera política.



[1] Tesinista de la Lic. En Ciencias Políticas (UCSE) e integrante del grupo ‘‘Sociedad, cultura y poder en Santiago del Estero’’ del INDES (FHSCyS – Conicet).


 Introducción

     Este trabajo surgió por el interés de conocer la biografía de los representantes santiagueños en el primer gobierno criollo en 1810 y en la Declaración de independencia en 1816. En el caso de Santiago del Estero tiene la particularidad de que todos sus representantes fueron clérigos. La indagación sobre la bibliografía existente, nos llevó a problematizar más el contexto y la actuación de estos sujetos no como simples actores religiosos, sino también como actores políticos y con un desempeño que estuvo mediado por la figura de los caudillos santiagueños.

     Por un lado, nos encontrábamos con el clero y su apuesta por hacer ‘‘carrera política’’ y, por el otro, los caudillos, con el deseo de hacer realidad sus proyectos políticos. El ámbito político, fue el espacio en donde estos actores se encontraban y en donde combinaban sus intereses. Es por ello que, para los proyectos políticos, los líderes militares devenidos en caudillos, entablaron relación con un sector del clero santiagueño, al considerarlos como actores territoriales importante para ‘‘la persuasión y propaganda comunal’’ (Di Stefano, 2004, p. 109) de las causas que defendían, como la revolución, la autonomía provincial o el federalismo.

     La revolución de 1810 abrió el camino para el ascenso de actores sociales que habían sido excluidos durante la etapa colonial del espacio político. Además de los militares y el clero, se hallaban sectores de clases medias y altas, funcionarios modestos que comenzaron a visibilizar sus posiciones a partir de la revolución[1].

     Estos sectores durante la etapa colonial se encontraban limitados en sus posibilidades de ascenso político, por lo que apoyaron un cambio del orden político y se sumaron al bando revolucionario. Si bien avanzaremos solo con los dos actores, los caudillos y el clero, estos también tuvieron relación entre las distintos sectores y estratificaciones sociales, siendo la religión y el ámbito político los espacios convivencia y de privilegio en donde se reflejaron los conflictos y cooperaciones que marcaron por un lado una incipiente producción de estatalidad y la construcción de bandos políticos durante la primera mitad del siglo XIX.

     El clero generalmente suele ser diferenciado entre los regulares y seculares. Hablamos de una diferencia marcada entre estos actores religiosos, ya que los regulares a diferencia de los seculares, deben a la autoridad eclesiástica, el obispo, su subordinación inmediata:

La pertenencia a la diócesis y la obediencia directa al ordinario, lo que, amén de las diferentes tradiciones en juego, implicaba diversas formas de articulación con las autoridades civiles y eclesiásticas y con las feligresías (Di Stefano, 2007, p. 254)

     En Santiago los regulares estaban relacionado con las órdenes religiosas: Mercedaria, Jesuítica, Franciscana y Dominica (Olaechea y Alcorta, 1909, p. 123). Estas órdenes regulares se asentaron en la jurisdicción santiagueña casi desde su fundación en 1553. Pero se fueron debilitando a medida que pasaron los años, para entrar en crisis en la segunda mitad del siglo XVIII, cuyo mayor pico se expresó con la expulsión de los jesuitas en 1767.

     Lo interesante de los clérigos regulares, es que durante el período gran parte de la primera mitad del siglo XIX, a pesar de ser parte de órdenes religiosas, actuaron de forma individual y es así como construyeron sus carreras políticas. Estos fueron principales aliados, en algunos casos estratégicos, como también opositores de los caudillos en distintas etapas.

     En tanto el clero secular, eran quienes gozaban de una mayor autonomía de acción. Para los clérigos seculares santiagueños esta autonomía fue fruto de un proceso de transformación de las diócesis del virreinato y de las estrategias familiares[2].

     Santiago de Estero hasta las primeras décadas del siglo XIX, dependió de diócesis diferentes, pasando de una a otra en muy poco tiempo, lo que da cuenta de la transformación de la iglesia católica en el Rio de la Plata. Primero perteneció a la diócesis de Tucumán, que luego a comienzos del siglo XIX, en 1806 más específicamente, este antiguo obispado se dividió para dar origen a las diócesis de Salta, que comprendía a los distritos de Santiago del Estero, Catamarca, Salta, Jujuy y Tarija. Mientras el obispado de Córdoba agrupaba a Córdoba, La Rioja y los distritos de Cuyo (Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis). Una vez desencadenado el proceso revolucionario, la estructura de la iglesia católica argentina incurrió en cambios, y estas transformaciones fueron aprovechadas por los sacerdotes para actuar con más libertad en sus jurisdicciones.

     Por otra parte, otros actores como las milicias, habían adquirido importancia luego de las invasiones inglesas (1806-1807), por lo que en todo el territorio del virreinato comenzó un proceso de militarización. En Santiago luego de la revolución, el día 28 de agosto de 1810 se formó el batallón de Patricios Santiagueños, comandado por el Teniente General Juan Francisco Borges. Este se convirtió en el primer ejecito del interior incorporado a la revolución (Lascano, 1992, p. 223). Este batallón, fue el semillero de hombres que lucharon tanto por la revolución y la independencia, de igual forma por los intentos autonomistas provinciales hasta su concreción en 1820, donde pasó a ser central la figura del Gral. Juan Felipe Ibarra, quien también había formado parte de los patricios santiagueños.

Antecedentes de la investigación

     Hay poca bibliografía referida al tema, y las obras que lo trataron, solo algunas tienen un considerable trabajo de fuentes. Mientras que la gran mayoría, constan de demasiada adjetivación sobre la actuación del clero en el período que investigamos, pero casi en su totalidad, se concentran en indagar la participación de los clérigos desde 1820. Estas obras nos sirvieron para adentrarnos en el tema y explayarnos un poco sobre los actores. No obstante, la literatura identificada pudimos observar que se enfocó en la figura del caudillo santiagueño Juan Felipe Ibarra, que, sobre la actuación o pensamiento del clero santiagueño.

     Estas obras fueron realizadas bajo la óptica historiográfica liberal o clásica, estos autores dejaron ver al clero santiagueño como ‘‘servidores de la tiranía’’ (Maidana, 1946, p. 42), haciendo referencia a la actuación de determinados clérigos como aliados de Juan F. Ibarra. Esta historiografía que se identifican con la obra del francés Paul Groussac, en donde se puede reconocer ‘‘críticas severas a los caudillos y su rechazo de las distintas expresiones del federalismo’’ (Bruno, 2005, p. 182), la cual estuvo presente como referencia intelectual en autores santiagueños como Alfredo Gárgaro (1941; 1944), y en algunos se encuentra tan explícita la influencia como en las obras de Andrés Figueroa (1920) y la de Domingo Maidana (1946), quienes lo citan frecuentemente. Si bien dentro de los historiadores santiagueños existen críticas a Groussac por tener imprecisiones con respecto al proceso autonomista santiagueño, mantuvieron el enfoque metodológico del galo para estudiar a los caudillos. Este enfoque se instaló hasta mitad del siglo XX y marcó una línea de producción intelectual con respecto al estudio de la primera mitad del siglo XIX.

     El primer escrito sobre el clero santiagueño del siglo XIX, es el de Baltasar Olaechea y Alcorta quién en su obra Crónica y geografía de Santiago del Estero (1907), le dedica un capítulo en donde hace un repaso por los clérigos santiagueños más destacados, desde los primeros años, hasta la finalización del siglo decimonónico. Como bien nos remarca Olaechea y Alcorta es solo una síntesis histórica, a la cual le dedica solo siete páginas. Este no adjetiviza a quienes se conoce que fueron aliados al gobierno de Ibarra, como por ejemplo los presbíteros Pedro F. Uriarte, Pedro L. Díaz Gallo, Francisco Ferrando, entre otros. Pero si se encarga de subrayar a los sacerdotes que ‘‘combatieron a la tiranía de Ibarra’’, como lo hicieron, según autor, los curas Juan Antonio Neirot y Juan Manuel de Frías (p. 104-105). Se puede entender la posición de Olaechea de no rotular al clero que apoyó a Ibarra, debido a que escribe en un momento en donde el liberalismo y el socialismo estaban relegando del espacio público al catolicismo, y decide tomar una postura liberal católica en la cual defendió el papel de la religión en la historia santiagueña.

     Otra obra es Ibarra y el clero santiagueño de Domingo Maidana (1946), quien hace una recorrido de los sacerdotes más importantes desde 1820 hasta la muerte del caudillo en 1851. Toca brevemente las historias personales de algunos clérigos como año de nacimiento, familias de la que provenían, nivel educativo, etc. Para concentrarse en relaciones epistolares que mantuvieron con Ibarra, los puestos que ocuparon en su gobierno, y como se dirigían a él. Pero en su obra, el clero pierde la relevancia ante la centralidad que toma la figura de Ibarra. Aunque sin dudas, este es otro trabajo más, que ayudó a la visión negativa en la historiografía con respecto al caudillo.

     Además, la visión sobre el caudillo Ibarra tornado los años 1829-1830, en donde se da el ascenso político de Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires, para historiadores provinciales como Alén Lascano (1992), sus acciones parecen estar subordinadas o son reflejo del caudillo bonaerense y sus decisiones parecen ir de la mano con las que tomaba Rosas. Esto le quitaba cierta precisión sobre la figura de Ibarra ya que esta posición es muy similar, a la realizada por los historiadores sobre los caudillos durante la etapa en donde el revisionismo debatió sobre una nueva mirada sobre los caudillos entre 1930-1960. Estos historiadores lo que hicieron fue colocar a Rosas por encima de los caudillos federales, a quienes le otorgan un papel secundario (Devoto & Pagano, 2004). A pesar de ello, Lascano brindó un revisionismo dentro de la historiografía santiagueña con una nueva mirada sobre Ibarra, aunque, no se resistió a comparar a través de Rosas, algunos aspectos del caudillo santiagueño, como lo que respecta a su vínculo con el clero.

Aproximaciones a la religiosidad en la provincia durante el período tardocolonial hasta la formación del Estado provincial: rompiendo las barreras invisibles entre la política y la religión

     Luego de la expulsión de los jesuitas realizada en 1767 por el Rey Carlos de España, esta tuvo repercusión en el virreinato del Río de la Plata hasta finales del siglo XVIII. En Santiago del Estero existían tres órdenes además de la jesuita: los dominicos, los franciscanos y los mercedarios. El Cabildo santiagueño ante este hecho comenzó a entregar las propiedades de los jesuitas –templos, conventos, imágenes, bibliotecas, esclavos, etc.-, y las funciones sociales –educación principalmente- que cumplían en el territorio, a la Orden dominica[3] (Gramajo de Martínez Moreno, 2003).

     En una etapa en donde nos encontramos con la caída del número de sacerdotes en las órdenes religiosas. Estos números que venían en declive desde finales del siglo XVIII y se van a visibilizar en el temprano siglo XIX, ya que los jóvenes comenzaban a elegir otras vocaciones –derecho especialmente-. Quienes optaban ser seguir el sacerdocio preferían ser parte del clero secular antes que ser un clérigo regular. Queda expuesta la escases de sacerdotes en las órdenes religiosas, por ejemplo con la orden franciscana, quienes a fines del siglo XVIII en toda la jurisdicción santiagueña mantenían solo a 7 franciscanos[4]. Santiago del Estero tenía para 1778, 6 Curatos rurales y el Curato Rectoral. En ese período se advierte la ausencia del clero regular en la ruralidad, concentrándose todos ellos en la iglesia rectoral. Sumado a que en todo el territorio santiagueño no había ninguna religiosa.

 

Obispado de Tucumán 1778

Santiago del Estero

Religiosas

Regular

Secular

Total

Curato Rectoral

-

28

5

33

Curatos Rurales

-

-

7

7

Fuente: Larroy, P., Documentos del Archivo de Indias para la Historia del Tucumán, T. II, BAE, 1927, p. 380-382. Los curatos 4, 5, 6 y 7 son datos de AAC, leg. 2 (T. 1) 1801. Citado en Caretta, G. y Ayrolo, V. (2008)

     Para 1806 Santiago del Estero cuando todavía dependía de la Intendencia de Salta del Tucumán, pasó a tener 9 Curatos Rurales (Caretta y Ayrolo, 2008) sumado el Curato Rectoral.

     Aunque las órdenes religiosas existentes en el territorio intentaban cumplir con distintas actividades religiosas y sociales, su principal problema fue como dijimos, la caída del número de sacerdotes. Al comienzo del siglo XIX, los dominicos en el Curato Rectoral, la ciudad de Santiago del Estero, debieron interrumpir por las clases que impartían por falta de frailes en el Convento, además de la falta de mobiliario, hasta 1813 cuando se puso al frente de la escuela el Fray Juan Grande[5] (Achával, 1993, p. 224; Gramajo de Martínez Moreno, 2003, p. 54). Aunque este no fue un problema particular de los dominicos, sino de todas las órdenes en el territorio.

     A pesar de ello, entre 1810 y 1820, los clérigos regulares son los que se posicionaron como los nuevos funcionarios de la revolución, respaldados por jefes de las milicias o familias patricias, ocupando lugares en el espacio político de Santiago en distintos momentos.

     Durante el proceso de las autonomías provinciales de 1820, Santiago del Estero declara su autonomía, y es también el inicio del ibarrismo, en un contexto que estuvo marcado por la división entre los bandos políticos federales y unitarios. Algunos clérigos regulares en este período, tuvieron conflictos con el caudillo, por el reconocimiento de su autoridad. Algunos de los clérigos regulares desconocieron las órdenes del caudillo, y solo reconocían a las autoridades eclesiásticas[6]. Este fue el caso de los mercedarios, quienes, en 1823 polemizaron con la máxima autoridad santiagueña, por un problema iniciado por la situación deplorable en que se encontraba la infraestructura de la Catedral de La Merced, la cual Ibarra alegó ante el vicario Manuel de Frías el mal estado de la misma y proponía su clausura. Esta decisión no fue bien recibida por los mercedarios quienes respondieron que le ‘‘faltaba autoridad’’[7] para tomar dicha medida (Palacio, 1943).

     Ibarra ganó esta disputa, ya que bajo su gobierno se llevó a cabo la reconstrucción de la Catedral, esquivando cualquier decisión de la jerarquía eclesial, y la inauguró en la década siguiente. Del mismo modo, ese mismo año la Orden de La Merced localizada en la capital va a extinguirse por disposición de Ibarra. Esto se justificó, ya que al igual como ocurrió con los dominicos, los mercedarios no tenían sacerdotes en la capital, ni tampoco recursos para sustentarse (Achával, 1993, p. 72).

     Por supuesto tampoco hay que dejar de ver las otras razones de la mala relación que tenía el vicario Manuel de Frías con Ibarra. Ya que Frías provenía de una familia que formaba la elite urbana e ideológicamente enfrentado con el Gral., poseía riquezas, mantenía una buena relación con la curia eclesial y tuvo participación política antes de la gobernación de Ibarra. Siendo la más importante es la realizada en 1815, cuando Síndico procurador formó parte del cabildo santiagueño que eligió diputados de la jurisdicción, resultando escogidos, el Pbro. Francisco Uriarte y el Fray Juan de Garay, pero este último fue reemplazado por problemas de salud por el cura Pedro León Gallo Díaz[8]. Para complejizar más su trayectoria en política, en 1820 fue presidente de la Asamblea que declaró la autonomía provincial (Olaechea y Alcorta, 1907, p. 105). El conflicto con Ibarra se debía a su pertenencia familiar, ya que los Frías eran uno de los más tenaces defensores del unitarismo en la provincia y fueron quienes junto a otras familias de la elite santiagueña enemigas del federalismo, llegaron al poder en 1830 luego de deponer al caudillo (Lascano, 1992, p. 300).

     A pesar que estas disputas pueden ser entendidas en un contexto de las reformas eclesiásticas que realizaba Bernardino Rivadavia, en la provincia estas no tuvieron efecto y en los conflictos que se suscitaron, algo más subyace en ellos. Se puede divisar en la intromisión de Ibarra en la vida religiosa, que se dio en un momento de construcción de la esfera pública del Estado provincial. El caudillo solo pugnó contra algunos clérigos regulares que tenían más dependencia a las jerarquías eclesiásticas, se encontraban en el Curato Rector y eran miembros de familias notables urbanas ligadas al unitarismo. Mientras los clérigos seculares y regulares que se encontraban en la campaña conservaban mayor libertad ante la curia eclesial, lo que les permitió a estos últimos dar paso a sus intereses personales y ser de gran confianza para el gobernador.

Los clérigos y la carrera política

     Después de la segunda mitad del siglo XVIII, ser clérigo en Santiago del Estero no era redituable económicamente como profesión[9] y a su vez se le sumaba que un sacerdote podía ser enviado a una parroquia que se encontraba en la ruralidad de la jurisdicción. Comenzar en estas parroquias de la campaña se pensaba como un castigo por muchos novicios sacerdotes, pero otros entendían que iniciarse allí les servía como ‘‘trampolín para un mejor puesto en la ciudad’’ (Barral, 2005 p. 3; Ayrolo, 2007, p. 118).

     Cuando los clérigos que no provenían de familias patricias, y tampoco lograban ocupar los principales cargos dentro de la iglesia en sus jurisdicciones u obispados, la carrera política era una forma de lograr ese ascenso social y relacionarse desde otro lugar con las elites locales. Muchos curas de los Curatos Rurales como también del Rectoral, tomaban este camino al imposibilitarse el ascenso por vía eclesiástica.

     La carrera política era una salida no solo para el ascenso del clero hacia otro ámbito, sino que también luego de la revolución – algunos autores hablan a partir de las invasiones inglesas[10]- la iglesia percibía menos dinero, a causa de las guerras y lo que implicaba dotar de recursos a las milicias. Luego de 1810, el clero intensificó su participación política dentro de las instituciones de gobierno en el territorio santiagueño, principalmente en el Cabildo. El período revolucionario, permitió al clero participar en política, ya que ‘‘gracias a su formación, su inserción y su rol social, verá en dicha coyuntura una oportunidad de hacer carrera política’’ (Ayrolo, 2011). Logrando ser el centro de la atención dentro de los debates y en los asuntos más importantes que trataba el cabildo[11].

     La participación de estos actores a partir de los sucesos de mayo fue esencial, ya que luego pasan a integrar los distintos cuerpos políticos, como asambleas, legislaturas, congresos y gobiernos locales (Ayrolo, 2011). Su ausencia en decisiones importantes del Cabildo, era causante de problemas, ya que al pertenecer a la parte más ilustrada también eran uno de los actores con más prestigio social, solo su ausencia era motivo  suficiente para quitarle legitimidad a distintos acontecimientos que buscaban ser representativos.[12]

     Durante el proceso que va desde 1810 hasta la autonomía provincial en 1820, los clérigos santiagueños hicieron valer todos sus capitales a disposición y se posicionaron como los funcionarios en este período. Fueron importantes a la hora de la formación de los Estados –provincial y nacional- y por su ilustración tuvieron la responsabilidad de pensar y discutir los proyectos políticos.

     Hay que indicar que los hombres del clero, se posicionaron de diferente manera ante la revolución, no todos formaron parte del mismo bando. Por eso es importante distinguir al clero que provenía de familias de la elite, que constituían el alto clero local, y en otro lugar se encontraba el bajo clero, que eran curas sin un linaje familiar importante. En Santiago del Estero, el alto clero buscó a partir de su participación en el cabildo ampliar el dominio familiar en los distintos ámbitos, buscando combinar el poder religioso y el poder político. En tanto el bajo clero, generalmente situado en la ruralidad, encontró en el espacio político formas de vincularse con la elite santiagueña y alcanzar puestos de relevancia en ese ámbito, debido a que dentro de la estructura eclesiástica les fue difícil escalar puestos, y siguieron conservando su lugar en las parroquias en el interior.

     El sacerdote proveniente de la elite, a diferencia de sus otros pares, con esta profesión reforzaban los capitales económico y social que su familia poseía, y le sumaba el capital cultural[13].Ejemplos del alto clero santiagueño son, Pedro León Gallo Díaz, Francisco Uriarte, Francisco Rizo Patrón, entre otros, que pertenecían a órdenes religiosas y provenían de linajes asentados en la provincia, en la segunda mitad del siglo XVIII. También otros clérigos tuvieron otro tipo de participación debido a que provenían de viejos linajes, entre los que se encontraban los Pbros. José Lami de Velazco, Manuel de Frías, Juan de Neirot, que, a diferencia de los otros, provenían de familias que se extendía algunos siglos atrás en la colonia. A pesar de que las familias de viejos linajes lograron seguir ocupando puestos relevantes en la función pública, algunos de los clérigos de esos linajes, también lograron ocupar puestos dentro de la iglesia y como funcionarios políticos. A pesar de ser considerados luego del ocaso colonial, como poco adicto al gobierno revolucionario de 1810, en el caso del Pbro. Lami, este aparece en 1820 durante la fomación del Estado provincial, compartiendo bajo el bando federal, con algunos actores que rivalizó durante la revolución.

     En otro lugar se encontraban los sacerdotes relacionados con el bajo clero, que debían adquirir el capital social y cultural con su profesión. Estos se desenvolvieron en la ruralidad, estas parroquias tenían bajos ingresos, que no eran suficientes para volcar e influir en la red de poder santiagueño. Por distintos intereses, el alto y el bajo clero, buscaban sumar el capital político en sus personas. Algunos clérigos provenían de familias pobres, y habían sido acogidos por familias patricias y fue así como lograron estudiar para el sacerdocio. Un ejemplo de esto es el caso del Fray Ferrando quién fue cobijado desde joven por la familia Borges, quienes costearon sus estudios para sacerdote[14] y por esto respaldó con su lealtad hasta la muerte del Cnel. Francisco Borges en 1816, cuando el caudillo fue fusilado en su segundo intento autonomista. El Fray apoyó a esta causa autonomista y defendió el federalismo (Lascano, 1992, p. 201). Sumado a su capital cultural que había adquirido gracias a la posibilidad de ser religioso, le dio acceso a ser parte en el período ibarrista del gobierno –que comienza en 1820-, ocupando un lugar relevante en la Sala de Representantes y siendo delegado del curato de Copo por mucho tiempo.

     A diferencia de otras jurisdicciones en Santiago del Estero, el clero estaba sobrerrepresentado en las administraciones locales. Los sacerdotes eran elegidos representantes a nivel local, y en las elecciones a representantes santiagueños en 1810 y 1816 fueron electos todos religiosos, sumado a que en los puestos capitulares, la elite comenzó a compartir esos lugares dando paso a sectores como el clero. En 1820 con la puesta en funcionamiento de la Sala de Representantes, muchos de sus puestos estuvieron reservados también para sacerdotes. Para algunas autoras como Ayrolo (2016) la respuesta a la sobrerreprentación del clero en las administraciones, se debe a dos cuestiones: 1) se debe a que en estos lugares no hay una burocracia amplia y que esta se encontraba reducida a pocas familias; 2) a la ubicación de los centros educativos en el virreinato, así Santiago al ser una jurisdicción que no posee lugares de formación universitaria o colegios, obligó a los jóvenes a trasladarse a otros territorios, quedando el capital cultural exento a pocas personas que podían acceder a ese privilegio de poder trasladarse a otra provincia y recibir educación, uno de estas selectas personas eran los sacerdotes.

La revolución de mayo en Santiago del Estero: la influencia de Borges y las disputas sobre el nuevo clero revolucionario

     Los hechos del 25 de mayo de 1810, suscitaron cambios políticos en todo el virreinato del Río de la Plata. El Cabildo de Buenos Aires, había hecho llegar a los distintos territorios pliegos, que daban cuenta de un nuevo gobierno formado por criollos.

     Santiago del Estero, tardó en visibilizar su posición a favor del reconocimiento del nuevo gobierno, ya que dependió de la respuesta de la Intendencia de Salta, a la cual estaba supeditada. Más de un mes después, el Cabildo santiagueño, en concordancia con lo que se había decidido en Salta, reconoció a este nuevo gobierno central, y avanzó en cumplir en un pedido que le había realizado el Cabildo porteño, que era elegir a un diputado para que lo represente en el nuevo gobierno.

     La elección del diputado, mostró claramente a dos sectores con intereses contrapuestos, por un lado, el sector contrarrevolucionario que respondían a una tradición colonial, que hegemonizaba las instituciones políticas por ser descendientes de conquistadores o por su poder económico, pero que apoyaban la revolución para continuar con esos privilegios. Por otro lado, se encontraba el sector revolucionario, que buscaba un cambio del orden colonial principalmente en el ámbito político. Los dos sectores apoyaban a la revolución, pero no de la misma forma.

     Dentro del clero santiagueño, también detectamos estas dos posiciones. Si bien los dos sectores apoyaron a la revolución, la diferencia radica en que uno representaba al viejo orden, estos son los contrarrevolucionarios, en tanto los revolucionarios eran nuevos actores y que buscaban alejar a las familias que se habían beneficiado bajo la sombra de la corona. Estos sectores no coincidieron en las propuestas revolucionarias y lo que implicaba el romper con el orden colonial. El clero contrarrevolucionario, eran sacerdotes con un entramado familiar en distintos cargos durante la colonia, esas familias se encontraban en un lugar privilegiado, por lo cual las únicas intenciones eran primero conservar sus puestos de privilegio y segundo ampliarlos. Estos clérigos que estuvieron relacionados a los grupos contrarrevolucionarios, y al ser parte del alto clero local, tarde o temprano llegaron a ocupar puestos importantes en el obispado[15]. Tambien ante la revolución, el clero santiagueño de alta alcurnia, encontró una posibilidad para acceder al poder político apoyado por sus vínculos familiares a puestos de relevancia y comenzar a hacer carrera política.

     Por otro lado, encontramos al clero del sector revolucionario que al igual que muchos sectores sociales como las milicias, clases medias y altas, funcionarios modestos, entre otros, que se encontraban limitados en sus posibilidades de ascenso durante la colonia y apoyaban un cambio del orden político. Este clero, que se encontraba principalmente el ámbito rural, veía más fácil la carrera política como medio de ascenso y relacionamiento con las elites provinciales, que esperar algo que muy pocas veces ocurría, que se le otorgue un puesto importante dentro de la estructura eclesiástica. Estos tenían muchas razones para creer en la causa revolucionaria y en ser partes fundamentales en el nuevo Estado.

     La primera disputa entre los dos sectores que representaban intereses contrapuestos se vio en la votación para la elección para Diputado que conformara parte de la Junta de Gobierno en Buenos Aires. A esta votación de diputados, fueron convocados 31 electores del distrito santiagueño, de los cuales eligieron a distintos candidatos. El Pbro. Lami de Velazco fue elegido con 20 votos, contra los segundos que fueron, el Pbro. Uriarte, el Cnel. Borges y Don Alonso Araujo con 2 votos cada uno, y en tanto el fray Felipe Ferrando obtuvo 1 voto.[16] De la votación se puede analizar que de los 5 de los hombres elegidos, 3 eran clérigos y representaban aproximadamente el 70% de los votos. La fuerte presencia del clero en el Cabildo santiagueño durante la votación para representante, daba cuenta que para lograr la adhesión revolucionaria en el territorio se necesitaba de estos actores (Di Stefano, 2004, p. 109).

     Estas elecciones fueron decretadas nulas por el reclamo del Cnel. Francisco Borges, líder del sector revolucionario, quién protestó ante las autoridades de Tucumán, que en la votación celebrada habían estado ausentes muchos miembros respetables de la sociedad, entre ellos gran parte del clero santiagueño[17], algo que podría haber arrojado otro resultado:

A el cabildo abierto que se nombró el Diputado de Santiago del Estero, no concurrió ningún individuo del Clero, ni muchos vecinos que se hallaban en sus haciendas de campos, y pudieron ser citados. Asi lo afirman personas fidedignas con quienes he ablado sobre el particular, y a mi transito por dicha Ciudad hoí decir que el Diputado nombrado no es de los más adictos al presente gobierno.[18] (Gárgaro, 1941, p. 10)

     Una nueva elección a representantes por nulidad de la anterior, se llevó a cabo un año después, y fue el Alcalde Ordinario de primer voto de Tucumán, don José M. Terán, quien la ‘‘rodeó de todas las garantías posibles’’ (Gárgaro, 1941, p. 14). Fueron convocados 91 electores casi el triple que la elección pasada, donde el Pbro. Dr. Uriarte se consagró frente a Lami por 47 votos contra 30 respectivamente, consagrándose como el representante santiagueño (p. 14).

     La elección de Uriarte por Lami, marcó una ruptura con la ‘‘lógica político-organizativa’’ (Arroyo, 2011) colonial que se había perpetuado a partir del entramado familiar/linaje dentro de las instituciones políticas. La ruptura del orden político causado en mayo de 1810, fue una invitación a dejar atrás esas formas coloniales de conservación del poder entre familias. Varios actores tomaron partido de estas ideas revolucionarias, rupturistas, principalmente los que formaban parte de las milicias, el clero, sectores medios y subalternos. Uriarte es un actor religioso de la ruralidad santiagueña, es la representación de que a pesar de pertenecer a una orden religiosa –caracterizado por relaciones corporativistas entre los clérigos que lo componían-, esto no restringía las ambiciones individuales de los clérigos, y que esta libertad de los regulares, era resultado de la crisis de las órdenes religiosas.

     El respaldo de las milicias hacia Uriarte, fue fundamental para su victoria y evitar así el nombramiento de Lami, que representaba al bando contrarrevolucionario. Iniciaba así su camino en la política un actor de la ruralidad, como Di Lullo (1960) señala, resaltando su posición de párroco de la campaña como ‘‘aquel cura de una parroquia olvidada es ahora por fuerza de los nuevos sucesos un miembro del nuevo estado nacional’’ (p. 94).

     Tampoco hay que dejar de analizar que ninguno de los candidatos para representantes era salido del pueblo llano. Como del mismo modo, se puede apreciar que el nuevo poder revolucionario en Santiago del Estero logró imponer sus deseos ante las viejas autoridades coloniales, pero no les fue fácil, ya que tuvieron que esperar recién hasta 1811 y conseguirlo con la ayuda del nuevo gobierno para imponerse. Las nuevas autoridades para representar a los revolucionarios santiagueños fueron los clérigos, no solo pensados como los nuevos funcionarios del nuevo estado, sino que eran seleccionados por el poder revolucionario para poder controlarlos (Donghi, 2002, p. 198).

De funcionarios de la revolución a unitarios y federales

     La guerra, la revolución y la crisis de la monarquía hispánica a comienzos del siglo XIX, transformaron al clero rioplatense. Desde 1810, se puso más énfasis en ‘‘hacer del clero un segmento propio del Estado, esto es, convertirlos en funcionarios’’ (Ayrolo, 2007, p. 193; 2012, p. 30). Este pensamiento del nuevo Estado en donde los sacerdotes pasaron a ser pesados como funcionarios (Di Stefano, 2004, p. 88), es el momento en donde los clérigos se ubicaron en una posición de privilegio ante otros actores, y que lo detentaron hasta finales del siglo XIX en la provincia.

     Como venimos diciendo, es con la revolución que los clérigos se ven obligados a tomar posición -sumado a su linaje familiar o capitales que poseían o construyeron-, siendo el acontecimiento que dio inicio a las carreras políticas de muchos clérigos y marcó su participación en la vida política vernácula.

     Luego de 1820 lo importante va a ser el color político, es cuando se presenta la división entre federales y unitarios. También es el período de las autonomías provinciales, y justamente es el año que Santiago del Estero consigue separarse de la dependencia tucumana y se pronuncia por el federalismo. La postura a favor de un sistema federal que tomó la provincia, fue lo que alejó y gestó la oposición política de Ibarra, que estuvo conformada por familias patricias urbanas.  

     En 1820 nos encontramos con dos momentos: el momento autonómico, y por otro, el momento del inicio del unanimismo ibarrista y del posicionamiento del sistema federal. En el primer momento es unificador, debido a que en el mes de enero los electores de familias notables urbanas como Pedro Pablo Gorostiaga, Manuel Alcorta y Francisco Javier Frías habían sido dejados de lado en la elección nuevos regidores capitulares santiagueños durante la formación de la Republica de Tucumán ordenada por Bernabé Araoz. El caudillo tucumano con la ayuda militar había logrado imponer a representantes partidarios de Tucumán. Los electores que no habían participado en la elección, solicitaron al Comandante de Abipones, Juan F. Ibarra, auxilio ante la presencia militar del Escuadrón de Dragones al mando de Juan Francisco de Echauri en la ciudad de Santiago del Estero. Ibarra logró adueñarse de la ciudad el 31 de marzo, con un Echauri que se dio a la fuga hacia Tucumán (Lascano, 1970, p. 15-16), ese mismo día es elegido por unanimidad como gobernador provisorio de Santiago del Estero. Con la expulsión del regimiento tucumano a manos de Ibarra, se avanzó en construcción de un orden político provincial autónomo de Tucumán, que se concretó el 27 de abril con la declaración de autonomía provincial. En el acta de autonomía aparecen como firmantes del acta las familias y los electores que habían sido separados de los procesos electivos, por su oposición a la subordinación tucumana.  En un principio, todo este momento autonómico, pareció existir una unidad entre Ibarra y algunas de las familias notables santiagueñas frente al enemigo tucumano.

     En el segundo momento nos encontramos con la elección definitiva el 1 de mayo de 1820, donde Ibarra es consagrado como gobernador. Este fue el comienzo de su perpetuación en el poder. En tanto, los sectores de notables que habían pedido su ayuda contra el gobierno tucumano, y lo había elegido como primer gobernador, comenzaron a ser relegados de participar en instituciones y en funciones gubernamentales de la provincia, por lo cual decidieron alejarse de Ibarra y abrazaron la postura unitaria. Es muy claro en estos períodos quienes son los unitarios en Santiago. El Partido Unitario estaba representado por familias de la elite urbana como los Alcorta, Gorostiaga, Frías, Taboada, Neirot, entre otros.

     Los linajes santiagueños relacionados con el unitarismo, tenían familiares religiosos, estos también van a ser los opositores al gobernador Ibarra, conflictuando con este en distintos momentos. Miembros de las familias unitarias como el cura y vicario Manuel de Frías quien desconoció la autoridad de Ibarra en 1823, o el cura Juan Antonio Neirot, quien mantuvo conflictos con el caudillo, que iniciaron cuando fue elegido representante de la provincia para el Congreso Nacional de 1826 y en donde apoyó al bando unitario lo que hizo que diera explicaciones a Ibarra, por el voto adverso a la postura provincial en favor del federalismo (Lascano, 1992, p. 288). Estos dos clérigos de ‘‘alto coturno’’ (Olaechea y Alcorta, 1907, p. 105) sufrieron el destierro por parte de Ibarra, muriendo fuera de la provincia en 1836 en un pueblito de Catamarca en el caso de Neirot, en tanto Frías fue fusilado en Santos Lugares por orden de Rosas en 1839 respectivamente. (p. 106)

     Igualmente, Ibarra entablaba relaciones con hombres que podían hacer contrapeso a sus opositores como lo fueron los religiosos Neirot y Frías. De esta forma afianzó su relación con Pedro León Gallo Díaz, que era miembro de una familia de la elite urbana y hombre sobresaliente del clero santiagueño. Este fue importante aliado del federalismo en la provincia para Ibarra.

¿El clero de Ibarra?

     La historiografía santiagueña denominó así a cierto sector clero que se relacionó de manera no conflictiva u ocuparon cargos bajo el gobierno de Ibarra. Lo señalaron de ese modo para explicar una actitud de subordinación por parte de algunos clérigos ante la figura del caudillo (Olaechea y Alcorta, 1907; Figueroa, 1920; Maidana, 1946). Pero es conveniente analizar a algunos de los religiosos y después establecer sus vínculos con el poder político, en este caso con Ibarra.

     En el caso del caudillo es preciso decir que era un hombre de una familia de la elite santiagueña, que había recibido una educación católica[19], provenía de una familia donde había muchos sacerdotes[20] (Newton, 1973, p. 12). En un contexto en donde los liderazgos unanimistas (Ternavasio, 2009) son frecuentes, los enemigos o peligros a la autoridad del caudillo son identificados como traidores al régimen y se buscan eliminarlos. Es el problema que tuvo el caudillo con las órdenes religiosas como los mercedarios, que señalaron que al gobernador le ‘‘faltaba autoridad’’ para el ámbito religioso y sostenían a la autoridad religiosa por encima de él. Esta orden fue una amenaza al poder de Ibarra, quien a pesar de esto, confió a los sacerdotes para distintas funciones políticas, y sobre todos en quienes pertenecían a órdenes religiosas, es decir eran parte del clero regular.

     Aquí analizamos la posición del autor Maidana (1946) con respecto a sus dos postulados sobre la relación de Ibarra y el clero: el primero, el recorte de las trayectorias de los sacerdotes; y el segundo, la mala relación de Ibarra con los hombres de la jerarquía eclesial.

     Maidana, reconoce entre los sacerdotes que estuvieron al ‘‘servicio del tirano’’ (p. 12) en el territorio santiagueño a: el Pbro. Pedro Francisco de Uriarte (Loreto), Pbro. Manuel de la Torre (Sumampa), Fray Wenceslao Achával (Sumampa), Pbro. Pedro León Gallo (Capital), Fray José Maldonado (Salavina), Fray Pantaleón Alegre (Soconcho), Pbro. Felipe Ferrando (Copo), Fray Bernabé Iturre (Silípica), Fray Francisco Rizo Patrón (Copo), Felipe Hernández (Soconcho), entre otros sacerdotes que señala el autor.

     La alianza de Ibarra con sacerdotes que provenían de familias patricias urbanas y rurales de Santiago, fue fundamental para sostener su proyecto político en el territorio provincial. En su mayoría pertenecían a órdenes religiosas y que mantenían una buena relación con la jerarquía eclesiástica. Algunos de estos eran los Presbíteros Uriarte, Gallo, Achával, Rizo Patrón y sacerdotes que no toma en cuenta Maidana, que también fueron parte del gobierno de Ibarra como el Pbro. Juan José Lami de Velazco, de apellido patricio que databan del siglo XVII. Algunos como Lami, habían tenido cargos importantes en la curia eclesial, y que había retornado a la provincia para asentarse y ocupar puestos relevantes en la política santiagueña. Así pues, hombres del clero que habían estado en dos bandos diferentes –Uriarte y Lami- durante la revolución de 1810 en Santiago, a partir de 1820, se unían bajo la bandera del Partido Federal.

     Luego de la Declaración de la Autonomía provincial, Ibarra logró lo que algunos caudillos no lograron, que es la unificación política de la provincia en su persona (Donghi, 2002, p. 373). Los religiosos también formaron parte de la unificación en la figura del caudillo. Gran parte del clero santiagueño luego de la autonomía, se subordinó al control político de Ibarra - algo que también ya habían realizado antes, bajo otros líderes-.

     El puesto elegido para el clero para participar en política fue en la Sala de Representantes, donde actuaban como representantes de los curatos, como también eran elegidos para los intentos de congresos nacionales, y como representantes del gobierno con otras provincias, que generalmente era en la firma de tratados provinciales[21].

     En tanto existieron otros religiosos como Fray Ferrando o el Fray Francisco Rizo Patrón que ponen en duda cierto posicionamiento de la historiografía santiagueña que lo consideraba como unos sacerdotes más del clero de Ibarra. Si bien es cierto, que sus ascensos y sus funciones públicas coinciden con la gobernación de Ibarra, pero existieron en ellos distintos tipos de posicionamiento y de relación con el caudillo, que dan cuenta de los intereses personales que seguían los clérigos.

     El Fray Ferrando provenía de una familia pobre, y fue acogido desde joven por una familia de la elite santiagueña, los Borges. Esta familia le permitió acceder a la formación como sacerdote en Córdoba (Maidana, 1946, p. 14). El capital cultural que adquirió gracias a la posibilidad de ser religioso, le dio acceso a ser parte del gobierno en el período ibarrista. Llegó a ocupar lugares relevantes en la Sala de Representantes siendo representante del curato de Copo.

     Si bien Ferrando tuvo su  ascenso político y su función de representante por más de 20 años que coincide en gran parte con la gobernación del caudillo, pero hay un hiato a finales de 1820 y a principios del 1830, que es la etapa donde Ibarra es separado del poder por los unitarios quienes gobernaron la provincia en ese lapsus[22]. Los unitarios que eran familias de la capital que al igual que el pensamiento federal, poseían un pensamiento liberal enfocado más en un orden institucional, es así que llamaron a una renovación legislativa a través de elecciones y quién presidio ese nuevo cuerpo fue el Pbro. Felipe Ferrando (Lascano, 1992, p. 300). La presencia de Ferrando en este nuevo gobierno hace advertir como a nivel local los clérigos lograban imponerse como representante a pesar del contexto de conflicto entre unitarios y federales, y que eran vistos como funcionarios que podían estar bajo control o vigilancia de cualquier elite política.

     La relación entre Rizo Patrón e Ibarra es igual de compleja, porque estamos ante un sacerdote que no solo va a servir como miliciano, sino también dejó ver sus ambiciones personales en el vínculo que estableció con el caudillo. Este se desempeñaba como Fray del Curato Copo y en su persona combinaba el liderazgo religioso, político y militar de la zona, que hacía que su prestigio social por religioso, y el respeto por la protección servida a la población, fuera fundamental para posicionarse como un hombre de poder en la ruralidad, que Ibarra necesitó para lograr estabilidad en su gobierno. Rizo Patrón es también un religioso que logró en la ruralidad provincial –al igual que Uriarte en Loreto- una solidez pastoral, ya que permaneció por 25 años como párroco de Copo.

     La figura de este Fray montonero, ha sido también indagado por los historiadores Rizolo y Yocca (2006), que explican un caso que lo tuvo como protagonista y ayuda a resaltar el carácter de la ambición personal por parte del clero. El Fray logró en 1843 que se le concedan unos territorios en el Departamento Copo debido a ‘‘la prestación de ​servicios religiosos que llegó a constituirse en una avanzada federal montonera casi en los límites con Salta’’. Esto demuestra los intereses particulares de los clérigos y, que la relación entre el clero y el poder político, en este caso con Ibarra, era recíproca. El caudillo no solo imponía, sino también cedía contra el clero cuando pedían ciertos beneficios.

     Estas relaciones entre el poder político y el clero es muy importante recalcarlo, ya que si bien Maidana (1946) recopila fuentes epistolares del clero santiagueño afín a Ibarra, no se explayan allí ideas políticas o conflictos ideológicos – pero no porque el clero no las diera, sino que Ibarra no daba lugar a ellos- sino que son cartas de carácter administrativos sobre la Sala de Representantes o de las jurisdicciones que vivían, es decir, eran propias de la relación entre actores políticos con la máxima figura política provincial.

     Es importarte señalar como una parte del clero se convirtió en el brazo burocrático de los distintos gobiernos a partir de 1810. Logrando estabilidad como funcionarios en un contexto en el que todavía era difuso y no se podía separar lo que era región, de lo que era la política. Pero que cambió durante el período Ibarrista, ya que consideró a la religión como parte del Estado y ‘‘se esperaba de ella que sea funcional a la consolidación y la estabilidad del nuevo gobierno’’ (Folquer & Amenta, 2017)

A modo de cierre

     Pudimos analizar la actuación de los clérigos santiagueños en la arena política a través de particularidades en su relación con los caudillos santiagueños en la primera mitad del siglo XIX. La carrera política como solución a la imposibilidad de ascenso eclesiástico o como estrategia familiar, permite a ver a los actores religiosos también como verdaderos actores políticos y con ambiciones personales.

     El clero regular santiagueño fue uno de los sectores de la sociedad que más se benefició con el fin del orden político colonial, ya que comenzó a ocupar lugares de relevancia en las instituciones gubernamentales.

     El caudillismo logra muchas veces logra ocultar la participación o actuación de otros actores más aún en la arena política. Por eso rescatar a actores sociales como los religiosos nos permiten analizar ese lado oculto. Los clérigos desarrollaron distintas funciones políticas, capitalizaron apoyos al lado de los caudillos, y supieron relacionarse con las elites políticas santiagueñas en distintos momentos. Resaltaron con sus desempeños en las instituciones gubernamentales, y con su presencia en momentos históricos provinciales y nacionales, y pasar a ser, no solo líderes espirituales sino también líderes políticos en el territorio santiagueño.

Fuentes

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[1] Algunas autoras hablan que las primeras expresiones de posiciones de los distintos sectores fueron a causa de las invasiones inglesas (Ayrolo, 2012). Nosotros pudimos observar en este hecho solo el posicionamiento de militares santiagueños y no de otros actores en ese acontecimiento.

[2] Alguno de los beneficios que tenía el clero secular, es que ‘‘permitía a sus miembros libertad suficiente como para continuar administrando la propiedad familiar y generar negocios que podían incorporarse totalmente al linaje’’. (Presta, 2000)

[3] En Santiago el ‘‘traspaso’’ de las propiedades jesuitas a la orden dominica se realizó en 1794.

[4] En Edberto, Acevedo (1965): La Intendencia de Salta del Tucumán en el Virreinato del Río de la Plata. Universidad Nacional de Cuyo, Instituto de Historia.

[5] Este Fray tuvo un papel destacado en la educación santiagueña bajo la gobernación de Ibarra, ya que este último puso en funcionamiento la primera escuela pública oficial en el Convento de Santo Domingo que estuvo presidida por el Fray. (Lascano, 1992, p. 253-289)

[6] En Santiago una autoridad delegada por el obispo era la figura del provisor, a quien los mercedarios solo decían responder.

[7] En esto tenían razón los mercedarios en esta respuesta, ya que el Provisor o el Obispo podían tomar la medida de cierre de la Catedral. Pero lo particular es el avance de Ibarra en el espacio que comprendía exclusivamente a lo religioso.

[8] Según Ledesma (1966) el lugar de reemplazo de Garay le fue ofrecido anteriormente a Frías, el cual rechazó dicho cargo.

[9] Según Caretta (1999) mientras que en Jujuy un clérigo recibe tres mil pesos de ingreso anual, Santiago del Estero era el distrito en donde el clero percibía los ingresos más bajo, llegando a recibir raramente mil pesos de ingreso anual.

[10] Halperín Donghi, T. (2002): Revolución y Guerra. Formación de una elite dirigente en la argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI.

[11] Su ausencia o la disputa entre dos clérigos en la primera elección a representantes santiagueños en 1810 para la Junta de Gobierno, fue un ejemplo de esto.

[12] La ausencia de una parte importante del clero santiagueño en las elecciones a representantes para el Cabildo de Buenos Aires en 1810, fue motivo para que figuras como el Cnel. Borges objetaran la impugnación de dicha elección. (Actas Capitulares de Santiago del Estero, Tomo VI, 1951

[13] Aunque tenía la posibilidad de adquirirlo por poder pagar por recibir educación, por ello que hablamos que, dentro de las familias de la elite, el varón soltero que se convertía en sacerdote, era una pieza de los intereses familiares dentro del campo de poder provincial

[14] La familia Borges lo apoyó a seguir sus estudios en el Colegio Monserrat de Córdoba en 1807 y llegar a ser sacerdote (Maidana, 1946, p. 14)

[15] Es el caso del Pbro. Juan José Lami de Velazco, quien comenzó como sacerdote en Loreto. En 1811, lo vemos como vicario provisor del obispado de Salta hasta 1813, donde regresa a Santiago al Partido de Silípica donde permaneció hasta su muerte en 1834 (Achával, 1993, p. 40-41). Es uno de los pocos casos de este período en donde un párroco santiagueño, logra ocupar gracias a la carrera eclesiástica un puesto importante en el obispado.

[16] Actas Capitulares, T. VI, p. 230-232.

[17] Los únicos clérigos que habían sido convocados son los superiores de los conventos de La Merced, Santo Domingo y San Francisco, ausentándose por un accidente el Párroco y Vicario de la iglesia Matriz. (Achával, 1988, p. 228)

[18] Se conserva el escrito de la época en español medio.

[19] Aunque fue al Colegio Monserrat que tenía como base la enseñanza teológica, Ibarra no culminó con sus estudios, ya que su familia no pudo costear los gastos de su educación.

[20] No solamente sacerdotes por parte de los Ibarra, sino también de sus familiares los Paz y Figueroa.

[21] Pedro León Gallo Díaz y José Lami ocuparon la función de diplomáticos para solucionar conflictos con otras provincias durante la gobernación de Ibarra.

[22] Los unitarios comenzaron a invadir territorios durante ese período, logrando al igual que Santiago invadir Córdoba, La Rioja y Tucumán.





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